domingo, 17 de diciembre de 2017

LA LARGA BÚSQUEDA

UN SENTIMIENTO COMPLEJO

Antonio Campillo Ruiz


   No, no se trata de la sensación que conlleva alguna de las acepciones que de ella derivan cuando se trata de explicar su suavidad, delicadeza, etc. Aparentemente, podríamos decir que la confluencia de sensaciones es la causante de un estado que, para muchos, resultaría, cuanto menos, extraño o quizás sorprendente. Es posible que sentir al mirar una obra bella no sea ni similar ni semejante a sentir cuando se mira un ser vivo a otro, pertenezca al reino que pertenezca. Y, ¿qué se siente? Difícil pregunta. Como siempre, las preguntas aparentemente más fáciles son las más complejas de explicar. Creo que falta en el diccionario una terminología específica que, a veces se suple con barbarismos, más expresivos por la amplitud de significados y que denotan aspectos de complejidad comunicativa sorprendentes.


   No deja de ser curioso el empecinamiento de la mente al ordenar percibir aquellas sensaciones extracorpóreas de extrema sensibilidad. Sí, es posible captar en todo el cuerpo pero especialmente en el pequeño escalofrío que existe al acariciar con la mirada, con la punta de los dedos, con la delicada e irreconocible percepción que produce, sutilmente, querer y decidir observarse y descubrir las causas, si es posible, del escalofrío antedicho. Al principio, no resulta fácil ser observador observado. En ocasiones, incluso la sensación no tiene efecto sino cuando se percibe que la posesión y lo sentido se entremezclan, sin ser poseedor de nada pero sí gran perceptor de emociones insospechadas. En ese instante todo se paraliza y comienza una observación atenta y minuciosa que, aparentemente, siempre se ha creído inexistente.


   La tarea de esclarecimiento de estas sensaciones es meticulosa y el análisis de las causas complejo. Con paciencia y siguiendo las enseñanzas de maestros que por el mundo han sido, comparamos los efectos de las sensaciones interiores con el escape de un constante fluir por los lugares más sensibles para que se produzca y se facilite el efecto: las zonas fisiológicamente propicias para el escape de las sensaciones físicas pertenecen a determinadas partes de la piel reiteradamente mencionadas o localizadas por expertos que, posiblemente, jamás han experimentado aquello que tratan de potenciar. Al utilizar el tacto para producir el efecto mencionado, pareciese que tocamos sin llegar al contacto, sentimos un pequeño calambre como si millones de partículas partiesen para un destino definido pero intangible. No se podría establecer si el fenómeno pertenece al pasado, a un recuerdo que se manifesta como preterible, vivido o no. Tampoco es posible establecer relación con el presente debido a que tal sutileza sería fácil de ser determinada por su proximidad espaciotemporal. No es posible que se trate de un hecho que se presenta en el futuro porque estaríamos maquinando un sueño inespecífico. Posiblemente, la causa de esta hiperpercepción tenga su origen en el pasado, se manifieste en el presente y deba continuar en el futuro.


   Posiblemente, ahí se encuentre la causa de la sensación sentida, en la continuidad temporal de captación de efectos previamente elevados a la categoría de inolvidables, debido a su gran estabilidad, su ansiedad por ser repetitivos y la potencia dispuesta para que la sensación se represente desde el pensamiento, que genera la distribución corporal de transformaciones hasta la zona de escape de la energía manifestada. Y esa energía es la que produce las sensaciones tan potentemente percibidas que anulan cualesquiera otras con capacidad para producir interferencias desafortunadas.


   Terminada la labor de observación, valorar los resultados obtenidos se presenta como un intrincado rompecabezas. En primer lugar se hace imprescindible en qué momento se realiza la valoración, cuándo se perciben las sensaciones placenteras o cuándo han desaparecido pero se recuerdan momentos desconocidos. Y este, este es el problema, son momentos desconocidos y por tanto sin antecedentes de valoraciones personales o ajenas. Valoraciones que se deben cuantificar porque los estudios cualitativos, en general, presentan aspectos subjetivos que cuasi siempre se trata de que figuren como objetivos y cuantificables sin serlo, por ello, por norma, se tratan de desvirtuar por considerarlos de menor calidad que los aspectos que se estudian como datos estadísticos numéricos. A pesar de ello, la comprensión de estos resultados debe realizarse teniendo en cuenta que los datos obtenidos son emotivos, algo que es contradictorio con la frialdad que puede aportar una estimación matemática.


   Y pensando en este proceso, que es tan preocupante como el hecho en sí de haberse presentado este cúmulo de sensaciones extrañas, pasan una tras otra y cambian. Cambian para mayor infortunio y desequilibrio que provoca una nula atención hacia el análisis de posibles resultados y no así la búsqueda de la reiteración de los procesos placenteros, diferentes y que suponen una ruptura con la monotonía y la pesadumbre de quienes, paseando cerca, mirando sin percibir o escuchando sin entender, se manifiestan como anormalmente normales y no como seres con vivencias que conducen hacia un infinito utópico pero sentido. El resultado de todo este posible estudio posee un nombre que, en muchas ocasiones es incomprendido. Este nombre es ternura.

    
Es aconsejable visionar el vídeo a plena pantalla.


miércoles, 13 de diciembre de 2017

GENIOS SIMÉTRICOS

PICASSO Y TOULOUSE-LAUTREC: RETRATOS Y SEMBLANZAS.

Antonio Campillo Ruiz

  
  Desdibujados, levemente integrados en el lienzo, confundidos unos trabajos con otros, mezclados para que la igualdad se aprecie en toda su extensión, los personajes y ambientes pintados por estos dos genios y magos de la imagen atrapada en un instante, cuando se está produciendo, sin dejarla que acabe su protagonismo, antes de morir en el recuerdo de quienes la ven y la disfrutan, atrapan la realidad con sus líneas leves que semejan un incesante movimiento, con la vitalidad de lo que acontece en ese momento.

Picasso

   Nos resulta increíble la unión entre estos dos artistas que pareciesen no rozarse en estilo y abstracción para plasmar idénticas escenas y personajes. Toulouse-Lautrec, muerto a los treinta y seis años, cuando Picasso sólo contaba con veinte, nunca pudo soñar que su compañero de imaginación seguiría desarrollando su actividad de transformación genial setenta y un años más. Sin embargo, se encontraron en la vida sin saberse, sin tenerse, excepto por la capacidad para realizar obras que, como las cartas de naipes recién barajadas, sería difícil, salvo en raras excepciones, distinguir cuál de ellos es el autor, cuál ha captado con más agudeza y belleza plástica ese instante imborrable y etéreo, tan fugaz como sus leves pinceladas, inconclusas a veces, que potencian imágenes y momentos que se paralizarán por siempre y que apreciamos como un retazo de vitalidad en las pinturas que rezuman absenta y disfrute. Son los captadores de peculiares y únicos momentos de la vida impetuosa y alocada de un París asombroso, rutilante y desinhibido de la rutina que frena la vida con procesos que ahogan y no permiten vivencias cuya pasión da sentido a la belleza, la cultura y el pensamiento humano.

Toulouse-Lautrec

   Personajes con singularidades particulares, especiales, novedosas para la época, quedan atrapados en los lienzos, papeles para anuncios o cualquier otro material e inician un camino que iría cambiando a gran velocidad la sociedad establecida y sobria, moderada, sin el alma rutilante de luces y sombras que conforman una mirada permanente a la realidad y a la transformación. Mujeres y hombres de vida liberal, licenciosa, sin freno, se agotan de vida hasta el final de su belleza personal que les empuja hacia la autodestrucción o el forzoso retiro y les invita a recapitular, renacer momentos en los locales nocturnos de Montmartre y recordar las usuales escenas caricaturescas e incluso lascivas que en ellos fueron su meta. Recoleta y permanente lugar de encuentro, la Plaza Pigalle, con su Moulin Rouge como ejemplo destacado pero no por ello más visitado y las salas de fiesta, baile y lugares tomados por prostitutas y bohemios, con y sin suerte, fueron la escuela donde estudiaron y aprendieron esta etapa cuasi conjunta de estilo y fugacidad pictórica. La ansiedad por avanzar, por alcanzar la perfección a través de sus miradas, adelanto su capacidad para asimilar espacio, tiempo, luz, color y belleza.

 Toulouse-Lautrec

   La reiteración en aspectos comunes circunda y cierra círculos que, previamente, los artistas han estructurado para solaz de su capacidad interpretativa, de la realidad depurada y publicitada para el conocimiento general de aquellos que no poseen a su alcance motivos, medios ni espacios para percibir sensaciones tan potentes y arriesgadas para salud y bienestar. Establecer esta comparación tan dispar entre Picasso y Toulouse-Lautrec supone atender a lo no pintado, a lo sugerido, a lo desenfocado, a la sutil línea sin acabar.         
   
Picasso

 Es aconsejable visionar el vídeo a plena pantalla.    

viernes, 8 de diciembre de 2017

LAISMOS, LEISMOS Y OTROS PENSAMIENTOS

LETRAS Y COLORES CON SENTIDO

Antonio Campillo Ruiz

 Dante Gabriel Rossetti

   Aquella mañana sintió un gélido escalofrío en las piernas a pesar de la amorosa manta con la que se las envolvía. Había ocupado su lugar habitual, a la hora en la que la madrugada acompaña con su silencio el devenir de unos instantes de soledad reflexiva. Quedó ensimismado ante aquella amenazadora pantalla negra, vacía, profunda como una sima que esperaba la caída de unas pobres palabras que serían engullidas inmediatamente. El persistente sonar de una leve lluvia repiqueteaba en los cristales de las peculiares claraboyas de la habitación. Monotonía. Sus ojos, fijos sin ver, se mantenían abiertos por el insomnio. Nada en su mente. Nada en la pantalla.

Dante Gabriel Rossetti

   La pequeña planta, que se encontraba cerca de su brazo izquierdo, pareció hacerle un guiño. La observó como si fuese la primera vez que la viese. No, imposible. Las plantas no se mueven ni se manifiestan como los animales. Sí, podría escribir sobre las plantas, su crecimiento silencioso, su longevidad, bueno, de algunas, su sempiterno color verde. ¿Por qué serían verdes? Era curioso pero jamás se lo había preguntado. Sus conocimientos del mundo vegetal eran nulos. Casi ni sabía escribir aquella mañana. ¿Qué contar? ¿Qué podría interesar a los lectores ávidos de chismología, corta pero con mucha carnaza en el anzuelo de su interés? Era difícil que no se engancharan en el puntiagudo arponcillo del que no podrían volver a desprenderse con facilidad.   

Dante Gabriel Rossetti

   ¿Qué decir? Aquel clima otoñal no acompañaba a la lectura profunda ni a las anécdotas que, en tiempo caluroso se prestan a pequeñas anécdotas e incluso interpretaciones falsas pero graciosas. El frío estaba llegando a sus pies calzados con unas chinelas sin contrafuerte. Pensó volver a la cama pero sabía que daría mil vueltas y ni dormiría ni pensaría ni escribiría. ¿Era tan importante escribir aquella mañana? Bueno, acostumbraba a hacerlo cada día y después, a lo largo del paso de las horas, muchas veces se sentía satisfecho por haber expresado sus pensamientos y que, personas desconocidas o amigas, le leyesen e incluso discutiesen acerca de sus palabras. Imaginaba cómo se desarrollarían estas discusiones y sentía la importancia de haberlas provocado. Sí, era muy satisfactorio ser el centro de atención por unas cuantas palabras que desgranaba con atención pero no con ilusión. Así era. Le pagaban por incitar las posibles polémicas que suscitaban opiniones, pensamientos, hechos verdaderos o falsos, diatribas más o menos complejas y, en general, imaginadas. Bueno, podía intercambiar su sueldo por los alimentos diarios y algo le quedaba para sus pequeñas necesidades de ocio.

Dante Gabriel Rossetti

   El frío alcanzó sus dedos. ¡No! Esto no. No podría teclear con soltura y le irritaba no poder pasear las puntas de sus dedos, a lo sumo tres de cada mano, por las delicadas letras mayúsculas del aparato. ¿Por qué se escribían con mayúscula todos los guarismos que indicaban cada una de las lñetras? Podrían ser minúsculas y se tendría una visión más cercana del resultado de lo escrito posteriormente. Bien, vamos a escribir. ¿Sobre qué y por qué motivo? ¡Que complejo era todo esto! Nada aparecía porque nada pensaba. Querría que miles de tintas entremezcladas conformasen un todo en el que las palabras se sintiesen tan seguras y libres como los conceptos que pueden llegar a expresar. Quisiera que su lectura se interpretase con la bondad con la que deseaba expresarla. Quisiera que cambiase el aspecto de quien se forma con lentitud y adquiriese nuevos colores que le vistiesen nuevamente hasta alcanzar ese Paraíso lejano, muy lejano, en el que el saber y la belleza son dueños… Sí, realmente difícil. La lluvia arreció y su choque con los cristales era intenso, permanente y martilleante. ¡Qué aburrimiento! Ya ha pasado más de una hora y cada vez el frío es más intenso. Hoy, creo que no habrá discusión en el casino del pueblo ni en los lugares, pocos, en donde la hoja parroquial se difunde con menos éxito del que querría. Hoy, no se producirán transformaciones significativas en el conocimiento ni en la belleza.  

Antonio Campillo Ruiz

Dante Gabriel Rossetti



sábado, 2 de diciembre de 2017

ABECEDARIO: K

KATHERINE

Antonio Campillo Ruiz


   Katherine se sentía erótica per se, en su naturaleza y porque le gustaba. Siempre pensó que sus sentidos debían de estar íntimamente relacionados, entrelazados, fundidos, con su sensibilidad  concebida y percibida por su cerebro. Y no era fácil desinhibirse de múltiples sensaciones que la asaltaban en cualquier lugar o ante hechos que, imperceptibles para muchos, poseían un atractivo singular para ella. Nunca encontró explicación ni se ocupó demasiado por buscarla. Su felicidad, soñando con los ojos abiertos o cerrados se hubo convertido, hacía mucho tiempo, en objetivo y fin de la ruptura continua que mantenía con la monotonía. Sí, era consciente de las dificultades por las que había pasado en momentos de incomprensión o al contravenir lo establecidamente correcto. Sin embargo, su satisfacción al poder recibir en el receptáculo de su pecho, vientre, muslos, sexo, tantas sensaciones sensitivas como inmensas para su sensualidad emocional, le proporcionó, desde muy joven, la aceptación de su orientación en el breve paso por la vida. 


   Katherine, aquel día, excitada por haber dormido desnuda y despertar con los pezones erectos y duros, intuyó que sería un día de impaciencia, fogosidad y agitación. La realidad podía producir el efecto rebote de alejar su íntimo placer de exquisita sensualidad cuando pasasen las horas en el trabajo reiterativo que realizaba. A pesar de ello, pensar que sus sueños se desbocarían ante la mínima manifestación de placer, un simple roce de sus piernas alrededor de la pata de la grácil e historiada mesa isabelina de su despacho, la enviaba inmediatamente al paroxismo del placer. Si, además, alguien era consciente de su voluptuosidad cuando se enroscaba con delicadeza sobre el objeto, su acción sensual se transformaba en un reto exponencial que la hacía alcanzar un hondo y sonoro suspiro, estuviese quien fuere cerca o lejos de ella.


   Katherine recordó, en un estado jadeante, aquel día en el que, tras la atención que prestó a la persona que debía entrevistar, su mente conectó con una potencia inusual al cerebro que la escudriñaba con intensidad. No, no enrojeció, sólo se levantó y cerró con llave la puerta de su despacho y, con suavidad, pasó sus manos por el interior de la ropa de aquella persona y sintió el latigazo de una corriente al rozar la piel caliente y sedosa. Ambos se sintieron vibrar con pasión serena y apacible. Unas manos delicadas subieron por sus muslos mientras que un suave y delicado chorrito de sus cálidos jugos resbalaba desde su sexo en sentido contrario. Al llegar las cuatro manos a su destino, un relámpago inundó aquella habitación y un gemido unísono les unión en un desfallecimiento que se repitió y repitió, sin tiempo controlado. Poco a poco, con la lentitud que requiere el saboreo de un sumilier cuando cata el vino, mil sensaciones se fueron produciendo sin decir nada, ardiendo en un fuego que, tras devorarles mil veces, echando ascuas por todos los poros de sus cuerpos, se fueron calmando por cansancio, único aspecto que le fue frenando con el mismo silencio, plagado de suspiros, con el que habían iniciado aquella deliciosa, delicada y primorosamente placentera batalla de los sentidos.       

Antonio Campillo Ruiz



lunes, 27 de noviembre de 2017

LA LARGA BÚSQUEDA

VIVIR PARA VIVIR

Antonio Campillo Ruiz


   Amo la vida. Esta es la única conclusión que se puede pensar después de una tarde agradable con tus seres queridos. No todos y esto es molesto porque la pasión del ser humano es amar, con mucha fuerza, con frenesí, sin ningún tipo de regresiones negativas o posibles consecuencias futuras a todo aquel que, como él, piense que la vida es un bien a garantizar para todos. Se querría que todas las personas pensasen y sintiesen como cualquier otra en cualquier momento. Se puede estar convencido de que todos serían más felices, se comprenderían y complementarían mejor. Es posible, incluso, que esta fuese una de las consecuencias que se espera de la sociedad para convertirse en un ente sin denostar, sin ser maldecido, sin querer cambiarlo a toda costa porque el atontamiento progresivo a que se someta a sus miembros es, en muchos casos, insoportablemente, injusto, falaz y desmentalizador.


   Sí, amar la vida supone aceptarla como es y esto, aún conllevando un aspecto negativo importante es bueno: el tiempo, el paso del tiempo cronológico supone cambios cada vez mayores en los aspectos fisiológicos y, por tanto, una degradación progresiva y lenta pero implacable. Esto es lo peor de la vida,  amarla y saber que te está llevando por derroteros felices pero con fecha de caducidad. Una caducidad que nunca escapa, siempre queda para quienes te recuerdan, te valoran y te aman a su vez, pero desaparece cuando lo hace la vida. Sin embargo, hubo un tiempo en el que nuestra naturaleza fue sido tan dichosa, que superó pruebas, retos, momentos e incluso hechos que supusieron todo tipo de aspectos emotivos ligados al comportamiento bioquímico de la vida.


   La traducción reversible de emociones en reacciones químicas supone, a lo largo de un corto período de tiempo, el que dura nuestra vida, un comportamiento racional y ético que debe estar asociado con pensamientos propios y el entorno personal o ajeno. Los hechos ocurren por motivos jamás conocidos pero con un razonable proceso por el que se producen. Admitir este hecho es tan importante como el proceso en sí mismo. Y no, no es fácil que se acepten momentos que dificultan o superan la capacidad de apreciación y valoración de sucesos acaecidos fuera del alcance de nuestro siempre querido intelecto. A veces, podemos amar a rabiar a la vida y maldecirla porque entre el amor y el odio siempre existe una delgada línea que, de traspasarla, nos convertiríamos en seres desprotegidos por nuestra mente y nuestra racionalidad.


   Admirar, querer, sentir a todas las personas que se encuentran en un entorno finito y, a veces, demasiado reducido, es tan importante como respirar para admitir el aire suficiente, ni por exceso ni por defecto, el justo, para que el oxígeno penetre en nuestras células y genere la reacciones químicas reversibles que nos inducen a poseer sentimientos, descritos o narrados, en todo tipo de escritos o discursos que se precian de enseñarnos que vivir es avanzar sin mirar atrás, aprendiendo de un futuro que pasó.

Antonio Campillo Ruiz 




miércoles, 22 de noviembre de 2017

DELICADA BELLEZA PRETÉRITA

EL ANTICUARIO

Antonio Campillo Ruiz


   Oler lo antiguo. No lo viejo. Viejo y antiguo no es lo mismo. Son dos definiciones y causas de que un objeto, sea cual sea, posea un valor y belleza especial o que solamente se trate de algo usado y desgastado por el paso del tiempo. Oler a antiguo es apreciar el aroma de una trastienda plena de objetos de todo tipo, apreciar otras épocas y su magia. Husmear entre antigüedades supone convertirse en un pequeño ratón que habita entre los entresijos de una coqueta, un cajón sin fondo completo o un jarrón.


   Los viajes en el tiempo son realizados con una facilidad sorprendente. Se saben estilos, tipos de objetos preferidos en cada época, nombres, terminología específica, trato… ¡Ah! El trato para llegar a un acuerdo beneficioso para vendedor y comprador. Psicológicamente es tan grato, tan de miradas escamoteadas de uno al otro, tensión en la voz y, como siempre, las ganas de vender o comprar. Este aspecto es determinante para quien posee una joya antigua y quien se enamora de ella.


   Entre los curiosos y habituales de las zonas en las que el anticuario establece su tienda, plena de objetos de todo tipo que poseen una edad de más de cincuenta años, llegando a alcanzar siglos cuando aparece una casa por desmontar, una habitación que siempre ha servido para almacenar colecciones de los bisabuelos o anteriores parientes, siempre se encuentran escritores, pintores “al minuto”, bohemios y personajes que engañan y son engañados, que viven y se adaptan a las condiciones de un mercado que, para muchos, es inútil, vano y exclusivo de grandes cantidades de dinero intercambiadas por extraños, a veces, a cambio de objetos de una belleza y finura extraordinarias.


   Aprender “el oficio” supone saber qué hacer con un objeto viejo para transformarlo en antigüedad. No es fácil. La restauración es un arte de perfección sin igual y multiplica el valor de cualquier pieza varias veces en función de su perfección. Sigue siendo algo viejo y no antiguo pero, ¡ah!, pobre comprador enamorado, su fin será acabar con ella y exhibirla como un trofeo en una vitrina a la vista de amigos y de él mismo. ¡Qué satisfacción poder disfrutar de la belleza esculpida, pintada, tallada! No, no es nada fácil adquirir una afición por unos objetos determinados o simplemente por la diversidad bella sin otro fin que admirarla y disfrutarla en la propia casa y entorno de vida. Cuando se adquiere, existe un grave problema que se interpone entre ella y el comprador, su originalidad, su alma, su origen, su trato con el anticuario, su precio, su categoría como objeto y aplicación posible y, por fin, su ubicación en el lugar idóneo para ser admirada.   


   Salir a buscar esa butaca modernista, ese jarrón estilo Carlos V de Bohemia, esa cerámica o esa lámpara de bronce a la cera perdida, única y majestuosa, plagada de medallones de cristal de La Granja, no es una labor nimia. Es muy costoso elegir, valorar, comprobar y dejarse llevar por el peculiar gusto de quien la encuentra y quien la ha limpiado, restaurado sin que se aprecie ni un mínimo defecto posterior. El anticuario es siempre paciente, trata de vender más de lo que compra, se debe adaptar al vaivén de los precios y el poder adquisitivo de un mercado que, posiblemente, no va a tener utilidad excepto para la exposición y el placer de ser contemplado.


   Lenta pero con maestría, llevará hasta el punto de no retorno a quien posee una atracción irresistible hacia aquel libro, carta de navegación o bastón. Cuando todo se resuelve con satisfacción para ambos, cuando el cambio se produce, unos papeles de uso cotidiano a cambio de luz, color, pincel de largo trazado, talla o repujado, se valoran como se debe, como un éxito de quien ha encontrado lo que siempre ha buscado. 

Antonio Campillo Ruiz


Se recomienda visionar el vídeo a plena pantalla. 

viernes, 17 de noviembre de 2017

ABECEDARIO: J

JULIA

Antonio Campillo Ruiz
Por una mirada, un mundo;
por una sonrisa, un cielo;
por un beso... yo no sé
qué te diera por un beso.

Gustavo Adolfo Bécquer

 Ira Tsantakidou

   Julia sintió un escalofrío. Levantó levemente sus almendrados ojos color avellana por encima de las minúsculas gafitas de lectura y se encontró con dos faros verdes, fijos, impenetrables, incidiendo directamente en ellos. Con un suave movimiento dejó que las lentes resbalasen desde su nariz y quedasen colgando del cordón que rodeaba su cuello. Su turbación era desasosegante. La mirada verde incidía directamente es sus ojos, sin pestañear, hablándole con los miles de irisaciones que los cambios de luz reflejados en ellos destellaban de vez en cuando. Frente a frente, a una distancia no superior a un metro, la intensidad de la mirada la atraía y rechazaba. Cerró el libro que leía con parsimonia dejando la mirada quieta. Se recostó suavemente sobre el respaldo y trató de leer lo que estaba escrito en el espacio.

Ira Tsantakidou

   Julia, aquella mañana, en el baño reparador, había intuido que algo podría suceder aquel día. Quedó pensativa mientras el agua recorría su cuerpo y se rió. ¿Qué podría suceder? Pues, lo cotidiano. Iría al trabajo, con prisa, como siempre, se encontraría bien o regular, desearía terminar o se enfrascaría en su trabajo con intensidad. Lo cotidiano. Sin embargo aquellos ojos la atraparon con una intensidad nunca sentida. Y no se desviaban de los suyos. No recorrían su cuerpo ni observaban sin ver. Estaban hablando con los suyos en un lenguaje que no podía comprender. Con lentitud recorrió frente, pelo, labios y cara de quien se había atrevido a hablarle descarada, aguda y vehementemente.

Ira Tsantakidou

   Julia se sabía atractiva. Siempre decía de sí misma que sus pómulos sobresalientes y altos, sin formar huecos inoportunos, su ojos y sus labios formaban un conjunto armonioso y, posiblemente, cautivador. Bueno, era su opinión cuando delante del espejo se miraba sin una pizca de maquillaje. Jamás lo había usado. Su piel poseía la sencillez de la limpieza y la tersura de su tacto. De pronto la dirección de la luz verde fue bajando hacia el inicio de ese sensual canalito que separaba sus pechos. ¡Vaya con la luz verde, qué atrevida! Sin embargo no se movió ni un milímetro. Le agradaba que, como ella anteriormente, hiciesen un leve recorrido por su cuerpo. Pensó que estaba pensado en lo oculto bajo su leve ropa. Hacía todavía calor tras un verano pleno de luz y sol. Sus pezones se erizaron y su rigidez erecta casi traslucía. Se sonrojó un poco sin apartar la mirada de aquellos ojos que volvían a estar clavados en los suyos. ¿Cómo era posible que le sucediesen estas sensaciones? Tan temprano. Yendo a su trabajo. Sin esperarlo y sin haberlo soñado. La parada de su andén paso rauda y ella continuaba en su asiento. ¡No lo podía creer! Cuando, en la siguiente parada aquellos faros dejaron de iluminarla y marcharon sin volver a ser reconocidos entre la pequeña multitud, Julia, continuó el viaje y, en el siguiente recodo, bajó a los largos pasillos que la devolverían al sentido contrario para llegar, bastante tarde, a la mesa de su trabajo. Aquel día fue anodino. Sin sabor a nada. Su mirada estaba perdida sin ver los papeles, libros y personas que la rodeaban. Los ojos verdes quedaron en el olvido y pensó que, quizás, otro día, a otra hora volvería a sentir el sonrojo de ser admirada.  
Antonio Campillo Ruiz

Ira Tsantakidou

lunes, 13 de noviembre de 2017

NO ES EL PRINCIPIO NI EL FINAL

TRADUCIENDO A LA NATURALEZA

Antonio Campillo Ruiz


   Pocas veces se ha producido una reinterpretación y utilización tan prolífera de la traducción de la Naturaleza a notas musicales realizada por Ludwig van Beethoven. En medios escritos, dibujados, plasmados en imágenes estáticas, animadas en dibujos, imagen dinámica… en cualquier medio y reinventando que la Naturaleza posee tal diversidad y tan inmensa capacidad de ensueño, de ilusión, de pulcra y sobresaliente captación de las mínimas de sus manifestaciones que, Ludwig van Beethoven captó con los instrumentos que leían el más leve de sus sonidos o cambio medioambiental.


   Un fagot, una flauta travesera, violines, violas, trompas, todos y cada uno de los instrumentos representa y da vida a una flor, un escarabajo, una persecución en medio de una inmensa pradera que es sentida y valorada por el oyente que escucha con asombro y admiración la traducción realizada de unas imágenes soñadas y, posiblemente, jamás coincidentes entre dos espectadores, aun estando sentados en asientos vecinos de la platea. La sonoridad y la armonía de la Naturaleza se eleva por la sala de conciertos y aparece en una inmensa holografía particular ante músicos intérpretes y auditores silenciosos. Sí, es el movimiento Allegro. El indicado como: “alegre reunión de gente del campo…”



   No es el principio de la Sinfonía Nº 6 en Fa Mayor Opus 68, ''Pastoral'', interpretada por La Wiener Philharmoniker dirigida por Christian Thielemann, ni es el final. Escuchamos una parte que en su pasaje central, dedica, como toda ella, su atención a la Naturaleza que envuelve y a la vez intervienen, según criterio de quien la escucha, a los seres humanos en su pradera bucólica y verde. Nos trasladamos a esa campiña en la que, con mucho cuidado, procuramos no romper la más delicada de las plantas herbáceas que derraman su color y aroma cual si de una pintura impresionista se tratase.


   Breves carreras y caídas en la mullida yerba procuran la vivencia que niños y mayores proyectando al observar/oyente la paz de animales pastando, naciendo y creciendo en un lugar consagrado por y para ellos. Toda la orquesta rinde sus notas en una cohesión que contrasta con la libertad que depara el horizonte inmenso y el cielo que ilumina desde su mar azul con alguna ola de nube blanca un pequeño trozo de Naturaleza y de vida. La paz se ve alterada por la tormenta que, desatada tan súbita como violentamente, encoge el alma de quienes hasta ese momento se han sentido protegidos por la luz y el furioso viento arrasa, por un tiempo, todo cuanto se encuentra a su paso para demostrar que su poder es infinitamente más potente que el sopor de un sueño siempre pasivo y dulce. Apágase con la misma velocidad con la que apareció yendo a buscar nuevas cotas en las alturas inmensas de las montañas lejanas. 




viernes, 10 de noviembre de 2017

UN SER HUMANO DE PROFESIÓN ACTOR

FEDERICO LUPPI

Antonio Campillo Ruiz


   La Dama Negra ha vuelto a utilizar la sinrazón de una banalidad, un mínimo hecho fortuito, para arrebatar a un gigante humano que exportaba vida, ilusiones y continuo perfeccionismo en todo lo que hacía. En principio, atraído por los cómic para inmediatamente, el  teatro y el cine fueron la ilusión y profesión de un ser humano inmenso y en continuo cambio, adelantado en todo y contumaz defensor de la justicia y la paz. Nos lo ha arrebatado cor un zarpazo La Dama. Ha muerto Fedrico Luppi . La casual coincidencia con publicaciones y hechos de importancia relevante nos aparta, por unos instantes, de la luctuosa noticia humana y descansado e inmenso viaje feliz hacia la Pléyades, a las que ya habrá alcanzado y, posiblemente pasee, en este momento, con algún colega que, como él, se esforzó por ser un hombre de bien dónde y cuándo estuvo con nosotros.


   No, no existe biografía si no es la narrada por él mismo. Sería impropio de cualquier amanuense escamotear a un gran erudito y orador la particular forma con la que ha entendido y apreciado la vida y, a la vez, todo lo que de ella ha recibido.     




Si, en este caso, su centro de equilibrio ha sido el teatro, con el cine, tecnológicamente más incorrecto, donde la frescura de un vis a vis con el espectador, un mano a mano con la realidad que se debe crear y que, día a día cambia porque los cambios se producen con el paso mínimo del tiempo, facilita que los tic, los gestos minúsculos, la expresión en primerísimo primer plano, posean la inmensidad de una caracterización aparecida desde el interior de la persona que se transforma en un personaje al que no representa, lo asume, lo absorbe, lo duplica y el espectador lo puede leer sin escuchar absolutamente nada de sus pensamientos, jamás descritos narrativamente sino interpretados.
  


   Aderezados el cinematógrafo y el teatro, interpretados por Fedrico Luppi, con los excelentes directores y personas que intervienen en cada una de las manifestaciones de estos dos aspectos de la transformación, la realidad imaginada, el sueño fantástico que conlleva las vicisitudes propias de textos, imágenes, música, etc., la imaginación del espectador circundan al actor y lo elevan, como lo han hecho con Fedrico Luppi al enorme pedestal de los genios interpretativos.