domingo, 25 de junio de 2017

ABECEDARIO: H

HORTENSIA

Antonio Campillo Ruiz

Leonid Afremov

   Hortensia no esperaba que lloviese con tanta furia. Aquella mañana estaba preparada para que su amigo pudiese apreciar lo que sentía cuando paseaba por aquel inmenso robledal. La lluvia, fría, desapacible y bella, pintaba, a la acuarela, unos desdibujados retazos de paisajes atormentados. Ella, que se sentía tan feliz siendo anfitriona de sus recorridos por entre la Naturaleza, se encontraba muy contrariada. No podrían llegar hasta aquel pico que sobresalía con altivez sobre el resto de las montañas que rodeaban el pueblo. Se refugiaron en una zona densa de arbolado y, conocedora de la variabilidad de la atmósfera, esperaron ante la predicción, personal, de que pronto escamparía. Las hojas empezaron a empaparse y, saturadas de agua, cobijarse bajo ellas supuso recibir doble lluvia. Era preferible estar a la intemperie y por ello, corrieron como dos niños que habían cometido una travesura hasta una extraña construcción que poseía un alero donde resguardarse. Su amigo la inspeccionó intuyendo que estaba allí, en medio del bosque, con un fin, descubriendo que, en una de sus caras, existía una entrada baja que daba paso a un pequeño habitáculo en el que se podía estar de pie e incluso, en una pequeña mesa de ladrillos se podía hasta descansar sentado. La llamó y, no sin miedo, se agacho y entró en aquel sigular lugar. Una tela de araña del rincón izquierdo le rozó su desnudo brazo haciendo que chillase con terror. Explicó a su amigo que no soportaba los lugares cerrados y solitarios porque le parecían lugares de otro mundo. A pesar de todo, se mantuvo quieta y, al poco tiempo, continuaron su animada charla protegidos por aquel eficaz refugio.

Leonid Afremov

   Hortensia había pasado la noche inquieta. El anuncio de que su amigo llegaba aquel día y podrían continuar sus animadas charlas, interrumpidas por nada desde hacía un tiempo, la inducía a cometer pequeños errores en la manipulación y orden de sus papeles, sus informes y su casa. No sabía lo que sentía pero tenía la sensación de poder demostrar, en los ojos de su amigo, lo que tantas veces habían hablado sobre la belleza que rodeaba su aislada casa. Colores y olores conformarían una paleta impactante. Estaba segura. Sus múltiples pinturas y los retratos de ella, cincelados con delicados y potentes pinceles sobre telas ásperas, serían de su agrado.

 Leonid Afremov

   Hortensia tuvo conciencia de esta preocupación, que no debería ser tal, precisamente, durante su inquieto sueño. No entendía cual sería la causa. Lo esperaba con la ilusión de que hiciese realidad descripciones que, sin vivirlas, son difíciles de explicar. Nada es similar al olor de la tierra, la hojarasca, las plantas herbáceas, cuando la lluvia las empapaba. Pero, con el paso del tiempo, la luvia y la alegría, se retrasaba la inmensa retahíla de temas por tratar y que deseaba expresar, compartir precipitadamente, como los había soñado durante la noche. Su nervioso verbo no dejaba escapar ningún tema que, desde hacía tanto tiempo, era necesario para ella comunicar a su amigo. Sucedieron tantos hechos, queridos y despreciables, en tan minúsculo tiempo que se encontraba nerviosa y, a la vez, reticente a ser ella la que iniciase uno solo de ellos. Lo miró intensamente y en ese momento supo que una sombra, una leve cortina de sufrimiento había apagado sus ojos. Supo que sería poco afortunado hacerle cargar nuevamente con el peso de mil desencuentros. Supo que tendría que correr el tiempo para que volviese a poseer la alegría y agudeza parlanchina que lo caracterizaba. Supo que la lluvia debería lavar intensamente aquellos ojos verdes para infundirles nuevamente un rayo de vida. 
     
Leonid Afremov



lunes, 19 de junio de 2017

LA ORUGA DE LUCIÉRNAGA

SILENCIO ESTRIDENTE

Antonio Campillo Ruiz


   Un estridente chirrido de roce entre hierros, anuncia la llegada, por la desembocadura de lo insospechado, de aquella larva de luciérnaga con el nombre grabado en la parte superior de su cabeza. Ni la velocidad para horadar el negro camino que le tenían asignado ni su tamaño eran comparables a la de sus hermanas animales. Un sordo sonido, precedido de una vaharada de aire caliente, llega hasta los pacientes ciudadanos que esperan, en silencio, aquel tropel de sonidos inconexos y desagradables.


   El desinflar de aire a alta presión abre puertas por las que, presurosos, salen y se introducen en el convoy los pasajeros que buscan, con afán, un lugar donde ubicarse. Como un programado movimiento, las manos se dirigen a bolsos y bolsillos en busca del “aprovechador de tiempo” de turno. Libros clásicos de papel, electrónicos, móviles, tablet, salían presurosos y eran sostenidos por manos ávidas. Rostros serios, silenciosos, preocupados, cansados, inmersos en sus quehaceres comunicativos con todos excepto con su vecino de viaje, conforman un conjunto que, en el interior de la gran luciérnaga tubular, manifiestan su indiferencia y escuchan el silencio estridente, machacón, irritante.


   Al arrancar el invento que les haría alcanzar, en el mínimo tiempo posible, sus lugares de trabajo, ocio o residencia, el poder de la aceleración cimbrea cinturas y obliga a sujetarse en gruesas barras distribuidas al efecto por el interior de aquel largo gusano articulado. Manos y dedos se esfuerzan en sujetar y detener el movimiento que impulsa  letras y números, desde sus distractores preferidos, a un baile que entorpece su comprensión. A pesar de ello, sus miradas se empecinaban en seguir la trayectoria de los dispares movimientos generados por los traqueteos de curvas, tirones o frenadas. El silencio seguía siendo total entre los viajeros. Pareciese que todos escuchaban con atención la música atónica que entremezclaba sus frecuencias y falsas interpretaciones dependiendo del estado del camino y necesidades de la enorme oruga. No, no posee ninguna armonía ni su ritmo es fácil de seguir. Una claridad se apodera velozmente de la obscuridad persistente a través de las ventanillas acristaladas. Al detenerse aquel artefacto, se repiten las rápidas entradas y salidas de él.


   Siguiendo el camino de quienes lo han abandonado, pasillos adornados con fotografías, pretendidamente impactantes, altercados y discusiones igual de disonantes que el invento del que se sale, largos pasillos, sube y baja escaleras, laberintos horadados que tragan o expulsan a la silente multitud que avanza recta, monótonamente ordenada, hacia un nuevo sonido: gloooup, gloooup, gloooup, que anuncia la presencia de otro aparato que facilita el paso de los viajeros. La larga escalera mecánica avanza con cansancio hacia su fin sinfín mientras es cabalgada por todos sus ocupantes, que, en tétrico silencio, no deben realizar esfuerzo alguno para subir a un nivel más cercano al cambio de oruga o a la salida de aquella madriguera artificial.


   Indicaciones y, nuevamente, golpes secos de hierros esperan en unas portezuelas con un extraño diseño. No se escucha, entre las fuertes corrientes de aire, ni siquiera una voz, una tos, un carraspeo de garganta seca, sólo los golpes y golpes de las puertas de salida y entrada. Tras ellas, una escalera de granito, áspera para que cumpliese su función de ser antideslizante, espera a los raudos caminantes. Al ir saliendo, con la lentitud de una soledad acompañada, se escucha, cada vez con más intensidad, la música de un improvisado doncel que ha cambiado el canto a su amada por el dinero que le donan los viandantes, un murmullo de motores, ruedas sobre el asfalto, arrullo disonante y el silencio de paseantes o presurosas personas que deben seguir hacia un camino, trazado con la seguridad de lo cotidiano, que les conduce a su destino.


   Atrás queda aquel hoyo enorme, aquella entrada a un infierno pleno de luz artificial y de aparatos mecanizados que facilitan, según los usuarios, que el tiempo empleado en el traslado de un punto a otro de la ciudad sea el más corto posible, algo que a veces se consigue y otras no. Es preciso sentir el paso del tiempo en el interior del gusano metálico para determinar cuánto se ha leído, cuánto se ha jugado, cuánto se han estudiado, cuánto se ha dormido durante el trayecto, cuánto se ha percibido la soledad rodeado de personas iguales a uno mismo.




martes, 13 de junio de 2017

DISTANCIAS INMENSAS, GALAXIAS BELLÍSIMAS

GALAXIAS NGC

Antonio Campillo Ruiz
“Hemos averiguado que vivimos en
un insignificante planeta de una
triste estrella perdida en una galaxia
metida en una esquina olvidada de
un Universo en el que hay muchas
mas galaxias que personas.”

Carl Sagan

Galaxia NGC 4565 ©Lóránd Fényes

    ¿Nuestra galaxia, La Vía Láctea, es tan delgada? Nosotros lo creemos. La magnífica galaxia espiral NGC 4565, también conocida como la aguja de las galaxias por su perfil estrecho, brillante y bello, es objeto de visualización satisfactoria desde muchos telescopios terrestres que apuntan al cielo del hemisferio Norte. Se encuentra en la débil, cuidada y delicada constelación Coma Berenice. Esta imagen nítida, de colores vivos, revela el núcleo central abultado de la galaxia, cortando y oscureciendo los carriles de polvo que encajan su plano galáctico fino. Un grupo de galaxias, al fondo, se incluye en el bonito campo de visión, con la galaxia vecina NGC 4562 en la izquierda superior. La galaxia NGC 4565 se encuentra, a una distancia desde nosotros, de unos 40 millones de años luz (1.261.440.000.000.000, mil doscientos sesenta y un billones cuatrocientos cuarenta mil millones de kilómetros), y abarca unos 100.000 años luz (3.153.600.000.000, tres billones ciento cincuenta y tres mil seiscientos millones de kilómetros). NGC 4565 está considerada como una especial y prominente obra maestra celeste.

Galaxia Espiral NGC 6744
© Daniel Verschatse

   La gran galaxia espiral NGC 6744 es casi 175.000 años luz (5.518.800.000.000, cinco mil quinientos dieciocho billones ochocientos millones de kilómetros), más grande, de través, que nuestra propia Vía Láctea. Se encuentra a unos 30 millones de años luz (946.080.000.000.000, novecientos cuarenta y seis billones ochenta mil millones de kilómetros), de distancia de nosotros, en el sur de la Constelación de Pavo y aparece como un objeto débil, extendido. Se puede observar el disco del universo de la isla cercana inclinado hacia nuestra línea de visión. Esta fotografía, notablemente detallada de la galaxia, cubre un área alrededor del tamaño angular de la Luna Llena. En ella, el núcleo amarillento de la gigante está dominado por la luz de estrellas viejas y frescas. Más allá del núcleo, los brazos espirales llenos de jóvenes racimos de estrellas azules y regiones de formación de estrellas rosáceas, se extienden lejos de una galaxia satélite más pequeña en la parte inferior izquierda, que recuerda a la galaxia satélite de la Vía Láctea, la Gran Nube de Magallanes.

Galaxia NGC 3621
© Robert Gendler, Roberto Colombari
Hubble Legacy Archive, European Southern

   Mucho más allá del grupo local de galaxias podemos observar la galaxia NGC 3621, a unos 22 millones de años luz de distancia (693.792.000.000.000, seiscientos noventa y tres billones setecientos noventa y dos mil millones de kilómetros). Se encuentra en la constelación meridional multi-encabezada Hydra. Los brazos espirales, de la isla espiral en este magnífico lugar del Universo, se cargan con los racimos luminosos de las estrellas azules, las regiones rosadas y los carriles oscuros de polvo. Aún así, para los astrónomos, NGC 3621 no ha sido simplemente otra galaxia espiral cara-sobre. Algunas de sus estrellas más brillantes se han utilizado como velas stándar para establecer estimaciones importantes de distancias extragalácticas y la escala del Universo. Esta hermosa imagen de NGC 3621, es el resultado de un grupo de datos del telescopio espacial Hubble y otro terrestre. Sus brazos espirales sueltos, lejos de las regiones centrales más brillantes de la galaxia, se expanden a lo largo de unos 100.000 años luz (3.153.600.000.000, tres billones ciento cincuenta y tres mil seiscientos millones de kilómetros). Las estrellas en primer plano, de nuestra propia galaxia, La Vía Láctea y galaxias de fondo aún más distantes, se encuentran dispersas a través del fondo coloreado.

NGC 1316: DESPUÉS DE
UN CHOQUE DE GALAXIAS
© Steve Mazlin, Warren Keller, y Steve Menaker
(SSRO / UNC / PROMPT / CTIO)

   La galaxia elíptica NGC 1316 es un ejemplo de violencia a una escala cósmica. Esta enorme galaxia se encuentra a unos 75 millones de años luz de distancia de nosotros (2.365.200.000.000.000 dos mil trescientos sesenta y cinco billones doscientos mil millones de kilómetros), hacia Fornax, la constelación sur del Horno. Investigando la asombrosa vista, los astrónomos sospechan que la galaxia gigante debió colisionar con la vecina más pequeña, la NGC 1317, que se aprecia justo sobre la NGC 1316, causando lejanos restos y conchas de estrellas. La luz de este violento encuentro, debido posiblemente a su cercanía, habría alcanzado la Tierra hace unos 100 millones de años. En la imagen profunda y nítida, las regiones centrales de NGC 1316 y NGC 1317 aparecen separadas por más de 100.000 años luz (3.153.600.000.000, tres billones ciento cincuenta y tres mil seiscientos millones de kilómetros). Las calles de polvo complejas, visibles en su interior, indican, igualmente, que NGC 1316 es, en sí misma, el resultado de una fusión de galaxias en el pasado lejano. Encontrada en las afueras del grupo de galaxias de Fornax, NGC 1316 se conoce como Fornax A. Una de las, visualmente, más brillantes de las galaxias del racimo de Fornax.



jueves, 12 de enero de 2017

EL CONCIERTO

LA SINFONÍA DE LAS HOJAS ACICULARES

Antonio Campillo Ruiz

Ya estamos hablando, animando, escribiendo…
lo que podemos hacer... a nuestra luchadora amiga
y compañera
INMA LUNA
http://elblogdemaku.blogspot.com.es/

Manuel López 

   Le agradaba que el suave aire silbara al enroscarse entre los pliegues de su oreja. Aquella mañana salió sin rumbo prefijado. Paseaba, sin ver, entre el ajetreo diario de personas y carruajes. Cuando llegó a su lugar preferido escuchó la música que emitían las hojas aciculares cuando el viento las hacía vibrar. Una orquesta sincronizada con el ir y venir, casi constante, de aquel aire. No podría explicar en qué categoría instrumental clasificaría a las aciculares. Podrían ser instrumentos de cuerda por su delicada finura pero emitían sonidos armónicos a causa del aire, por tanto, deberían ser de viento. Sí, debería ser una nueva combinación de la Naturaleza que el hombre era incapaz de reproducir. Hacer vibrar con viento una cuerda. No estaba mal.

Manuel López

   A la vez, mientras el concierto de cuerdas-vientos sonaba con potente claridad, el acompañamiento de aromas que las plantas vecinas a los pinos, amparadas por su desmesurada altura de ramas gruesas y fuertes, era tan sutil que impregnaba con delicadeza el viento que respiraba. Lavanda, romero, tomillo… conformaban, a su vez, un conjunto de olores que se filtraba entre las notas sonoras y establecían la cadencia en la interpretación de la sinfonía.

 Manuel López

   Unos niños se encontraban sentados en medio de los grupos de pinos, los más tupidos y altos. Con ellos, se entremezclaban casi la misma cantidad de personas de edad dispar. Todos en silencio. Una persona, de pie frente a ellos, indicó con el dedo índice silencio y gesticuló para que tomase asiento con ellos. Sus brazos y manos se movían dirigiendo una invisible orquesta y, curiosamente, el ritmo era el que establecía previamente. Dirigía el sonido del viento. Pensó que habría ensayado durante mucho tiempo esta difícil dirección de instrumentos desconocidos. A la vez, ráfagas de olores llegaban hasta el grupo que, hipnotizado miraba a lo alto como queriendo descubrir a los intérpretes de la melodía del viento. En derredor, observó el pequeño río y su embalse. Escuchó el sonido cantarín de sus aguas. Breves y urgentes movimientos de alas de pájaros que se resguardaban en las ramas cercanas. De pronto, quien dirigía la orquesta movió su mano hacia un grupo de álamos, acacias, un conjunto de plantas leñosas y los pájaros. Obedeciendo su mandato maestro, el viento cambió de dirección y las hojas emitieron un sonido grave y atropellado que se mezcló con el de las hojas aciculares de los pinos y los aleteos desordenados de los pájaros. El cambio de tono provocó un movimiento de todas las cabezas de niños y mayores hacia el lugar de la disonancia. Su grave son estaba motivado por la caída irremediable de multitud de sus hojas mustias, débiles y la huida de las aves. La mano que indicó al viento su movimiento se alzó y este suavizó su fuerza girando levemente hasta una calma inusual. Los árboles dejaron de sonar y sus hojas de caer. El viento se había calmado inopinadamente. ¿Sería un sueño?

 Manuel López

   Los niños comprendieron que el concierto había terminado. Debían marchar otra vez al aula para, detalladamente, explicar las sensaciones que la Naturaleza puede provocar cuando se la comprende. Una voz parsimoniosa dirigió unas palabras a las  personas que se encontraban mezclados entre los niños, explicando que hasta pasados nueve días no podrían escuchar otro concierto pero que asistiesen con sus amigos que volverían a aquel lugar siempre que hiciese aquel aire fresco, suave y delicado. Los niños se colocaron en dirección al camino que debían recorrer y marcharon cogidos de la mano.

Manuel López 

   De vuelta a casa, escuchando el silencio, sin aire convertido en viento, entre el trajín de la ciudad a una hora cualquiera de un día cualquiera, comenzó la espera de los nueve días pensando en el próximo concierto dirigido e interpretado por… ¿por quienes?

Es importante visionar el vídeo a plena pantalla y buen sonido.

viernes, 6 de enero de 2017

UN VIOLÍN CUÁNTICO

PENSAMIENTOS QUE MUSICALIZAN LA MECÁNICA CUÁNTICA

Antonio Campillo Ruiz

Nuestra luchadora amiga y compañera
INMA LUNA
http://elblogdemaku.blogspot.com.es/
necesita que la generosidad y
los avances científicos la ayuden.
Que nosotros la ayudemos, todos.
NECESITA CON URGENCIA UN
RIÑÓN PARA QUE SU CUERPO
ALIMENTE A SU MENTE Y
PUEDA VIVIR CON ALEGRÍA.
Si puedes ayudar, este blog
y el suyo es la referencia.

¡HAZLO, POR FAVOR!


   El Premio Nobel de Física Richard Feynman, uno de los científicos más brillantes del siglo XX, tuvo la capacidad de saber explicar con sencillez aspectos complejos sobre los estudios que realizó y fueron su pasión… "La física es como el sexo: seguro que tiene una utilidad práctica, pero no es por eso que lo hacemos" … En 1981, en una charla en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, Feynman, también padre de una desgracia científica, la bomba atómica, reflexionó sobre el problema de simular con ordenadores clásicos la física cuántica, las asombrosas leyes que rigen el mundo de lo infinitamente pequeño… "La naturaleza no es clásica, joder, así que si quieres hacer una simulación de la naturaleza, será mejor que la hagas mediante la mecánica cuántica. Claro que es un problema maravilloso, porque no parece muy fácil".


   Ese mismo año nació en Madrid Leticia Tarruell. Desde muy joven el violín era su pasión. A los 21 años, había acabado los estudios en el Conservatorio Superior de Música de San Lorenzo de El Escorial e interpretaba, en  una orquesta de música de cámara, con virtuosismo, su concepción de la cadencia que debían poseer las notas que emitía su precioso instrumento. Como pasatiempo, había hecho, en paralelo, la Licenciatura de Ciencias Físicas, "Mi proyecto principal era la música, la Física era para pasármelo bien. Luego me di cuenta de que me gustaba más el proyecto secundario que el principal"...


  Hoy, Tarruell hace realidad el sueño de Feynman. En su laboratorio del Instituto de Ciencias Fotónicas (ICFO), en Castelldefels (Barcelona), ha construido un simulador cuántico: una máquina que enfría átomos hasta casi el cero absoluto (273 ºC bajo cero) y permite manipularlos a voluntad para estudiar las posibles propiedades y aplicaciones, por ejemplo, de materiales que todavía no existen y poder aplicarlos a un entorno de temperatura ambiente normal. Los superconductores de electricidad y sus inmensas posibilidades en la tecnología actual es uno de ellos. Su trabajo se ha publicado en revistas como Science y Nature. Y acaba de recibir el premio al mejor investigador novel en física experimental otorgado por la Real Sociedad Española de Física y la Fundación BBVA.


   "La música y la investigación se parecen bastante. Aprendes cosas nuevas todo el rato y también es un trabajo en equipo" En 2002, Tarruell  cogió su violín y se fue de beca Erasmus a la Universidad París 7, en la capital francesa. Allí conoció el mundo de los átomos ultrafríos. "Iba para seis meses y me quedé seis años".

   En la Escuela Politécnica Federal de Zúrich (Suiza) estudió y trabajo durante cuatro años y, tras ganar una plaza fija en el Centro Nacional para la Investigación Científica francés, Tarruell  regresó, algo verdaderamente insólito entre las innumerables fugas de personas inquietas por los estudios y las posibilidades que se le ofertan en diferentes lugares del mundo, a España. Es un cerebro fugado y recuperado… "Llevaba toda la vida diciendo que era una pena que no se hicieran más experimentos así en España y que si un día me salía la oportunidad volvería. Si te dan la oportunidad y no vuelves, te tienes que tragar todo lo que has dicho de que tiene que haber más investigación en España"


   El equipo de Tarruell , tras un trabajo complejo y con facilidades escasas por parte de quienes deben velar por la ilusión de investigar para obtener avances que mejoren el saber humano, construyó su máquina: "Enfriar un átomo es reducir su velocidad. Cuanto más fríos se encuentran, más lentos vibran"… Reduce con ella la temperatura de la materia hasta aproximarse a sólo decenas de milmillonésimas de grado del cero absoluto. A esa temperatura, los átomos quedan prácticamente inmóviles y se facilita el estudio de sus propiedades físicas y químicas. Veamos un ejemplo. Un átomo de cesio-133 produce 9.192.631.770 oscilaciones en un segundo si se encuentra a 273 ºC bajo cero, 0º K. Ni una más, ni una menos. Desde 1967, un segundo de tiempo se define como la duración de 9.192.631.770 oscilaciones entre los dos niveles hiperfinos de un átomo de cesio-133 a la temperatura de –273 ºC, 0 ºK. Podemos decir que los átomos ultrafríos miden el tiempo de nuestras vidas.


   "Nosotros atrapamos a los átomos en una trampa que hacemos con campos magnéticos o con láseres muy focalizamos. Si los enfriamos lo suficiente, entran en un régimen cuántico"“Cuando están muy calientes, los átomos son como bolas de billar: partículas que se mueven muy rápido y chocan entre ellas. Pero cuando se enfrían, se empiezan a comportar también como ondas. Entran en juego las fascinantes leyes que rigen el mundo invisible. La misma partícula puede estar en dos sitios a la vez”"Una sola partícula no se comporta igual que 100.000 cuando interactúan entre ellas. Me interesa saber qué tipo de nuevo comportamiento colectivo aparece. Pasa igual en la sociedad. No por entender a dos o tres personas entiendes cómo funciona la sociedad. En la mecánica cuántica es lo mismo".

Es importante visionar el vídeo a plena pantalla.

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jueves, 22 de diciembre de 2016

ABECEDARIO: G

GEÑI

Antonio Campillo Ruiz
A Geñi

Pauline Gagnon

   Geñi respiró con ansia el viento cálido y susurrante tamizado por miles de plantas que crecían salvajes en la ribera del río. Poseía el aroma de aquel día, lejano ya, en el que su leve silbido, su misma tibieza, provocó la caída de una lágrima de felicidad. La megalópolis, con su eterno murmullo de vida, se derramaba en la hondonada que ocupa, sin descanso, sin fin, plagada de esqueletos de hormigón que adornan con su fealdad un cielo semitransparente que sólo los rayos del sol, con dificultad, pueden atravesar alguna vez. A pesar de ello, aquel murmullo la atraía y escudriñaba las pequeñas figuras que desde aquella atalaya semejaban mínimas y erráticas imágenes desdibujadas de seres en continuo movimiento. No, esta vez no lloró, simplemente admiraba la similitud de un paisaje que el tiempo parece no querer alterar. El lento fluir del río y las pequeñas embarcaciones a vela, casi idénticas a la vela latina usual en algunos lugares de las costas mediterráneas, se movían gráciles, sin dificultad para su peculiar navegación. El río, con su característico color a sedimentos marrones, no tenía obstáculos que salvar. Los barcos de crucero y desplazamiento de visitantes y turistas estaban anclados. Parecía que una mano inmensa, un golpe de corriente, les hubiese detenido sin que ellos lo desearan. A pesar de ello, la belleza que emanaba la mansedumbre laminar del agua y los reflejos de un sol, que ya se abría camino entre la densa capa de una atmósfera densa, poseían una iridiscencia que la atraía y le agradaba.

 Pauline Gagnon

   Geñi miraba con embeleso el paso del agua lamiendo el costado de aquel barco que navegaba contracorriente a paso lento y desmayado. Sabía que ella se parecía al río. Imperturbable, encontrando paisajes, máquinas, personas y costumbres diferentes, incluso contradictorias pero aguantando y sabiendo cada día más de su devenir, de sus experiencias. A veces, estando sola, disfrutando de unos pequeños momentos de abstracción personal, sus emociones la llevaban por caminos tan complejos como gratos. Sentía. Su mirada se posaba en lugares, luces y sombras que conformaban un mundo que deseaba, que querría que existiese, que la rodeaba queriendo atraparla, llevarla tan lejos como el pensamiento puede alcanzar, sin rozarla, sin descifrar dónde se detendrían sus sueños.

Pauline Gagnon

  Geñi experimentaba tales cambios sensitivos y afectivos que percibía instantes jamás advertidos, jamás observados. Sus sueños y su realidad se fundían en una aleación inseparable, en un una capacidad para intuir, discernir y apreciar el flujo inmaterial de algo similar a lo que llaman felicidad. Una felicidad que era su Grial, su meta y su destino. Sin ella no se reconocía sin apreciar, a través de lo vivido, la singularidad que poseía lo que advertía desde lo más íntimo de su mente y espíritu. Sabía que se sentiría feliz si lograba estos segundos de intimidad y sabía que, cuando llegasen, debía de encontrarse en el espacio y tiempo que requieren la conversión de los sueños para transformarse en una realidad que perdurase por siempre. 

Pauline Gagnon 

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domingo, 18 de diciembre de 2016

LA ESTUPIDEZ

LA LARGA BÚSQUEDA  X

Antonio Campillo Ruiz
El problema con el mundo es que
los estúpidos están seguros de todo  y
los inteligentes están llenos de dudas.

Bertrand  Russell


   Al tratar de imaginar la solución a la pregunta ¿qué es un pensamiento?, podemos embarcarnos en una disquisición acerca de aspectos fisiológicos que, en casi todas las circunstancias, desconocemos y, los más osados creen poseer la solución, erróneamente, claro. Esta extraña función por la que unas  reacciones químicas se activan y provocan transformaciones en la íntima materia viva a la vez que generan, posiblemente, sentimientos  inmateriales, pareciese que es una función única en este inmenso Cosmos que nos acoge.


   Claro, es normal, los humanos somos ”únicos”.  Sí, así parece. Somos los más singulares de los habitantes vivos de este planeta tan bello como frágil. Pocas veces tratamos de comprender las causas que posibilitan esta superioridad entre todo un entorno tan inmenso que escapa a la posibilidad de una mesura coherente y racional. “¡Eh, eh, eh…! Eso de que no es racional tenemos que estudiarlo, porque racional,  racional, el hombre.” Sí, es posible que así sea pero creo que debemos un respeto a la diferenciación entre los habitantes vivos del planeta y nuestra “capacidad de pensamiento racional y emotivo”.


   No tendremos más remedio que fijarnos en el mencionado entorno para buscar el aspecto diferenciador de la singularidad humana con respecto al resto de seres vivos animales y su repercusión en la capacidad de ser diferente. Podemos empezar por seres pequeños… por ejemplo, las hormigas. Observando el comportamiento de estos seres minúsculos apreciamos una labor colaborativa que une al grupo en torno de unas condiciones de vida que mejoran con las funciones que cada cual desarrolla. Ocuparse de huevos, larvas, alimentación, traslado de la colonia, defensa ante inclemencias climáticas o dañinas, son algunos de esos trabajos por y para el grupo. Es loable su trabajo porque el objetivo es justo y necesario para todos.


   Los bonobos (Pan paniscus), chimpancés que andan erguidos, poseen una sociedad matriarcal e igualitaria y viven integrados en grupos compactos que poseen unas reglas sociales tan aparentemente extrañas como la de copular cuando se establece un problema, antes que pelear y realizan, en general, iguales funciones en el grupo que sus conciudadanas planetarias las hormigas. Duermen juntos, se ayudan, se acarician, desprecian la violencia y viven felices sin ocio ni rencor, el más peligroso de los sentimientos humanos y animales. ¿Sentimientos animales? Sí, sentimientos. Podemos preguntar a Konrad Lorenz para asombrarnos con pájaros japoneses que ríen cuando juegan y se divierten emocionalmente. ¿Traducción de reacciones químicas aparentemente instintivas dirigidas hacia emociones idénticas a las nuestras? Está demostrado que así es. ¿Lo hacemos nosotros? No siempre pero sí, lo hacemos.



   Bien, pues queda un gran dilema que, sin saber exactamente cómo debemos plantearlo, podríamos preguntarnos: ¿qué nos diferencia de los animales…, cual es la singularidad de nuestra diferencia…, somos superiores…, por qué? Bien, fisiológicamente muchas pueden ser las causas: proceso evolutivo de la capacidad cerebral, mejora continuada de tal evolución, mejora procedimental y capacidad de atención, estudio y pormenorización de intereses que acaban en pensamientos complejos, etc., etc. Puede ser. El alma es la singularidad,  el elemento diferenciador… NO. El alma es privativa de los dioses y los dioses son un producto individualizado, personal y de concepción, no de inteligencia. La tecnología. NO, los avances proceden de necesidades racionalizadas.



   Teniendo en cuenta los dos pequeños ejemplos, entre miles, que se han mencionado, hormigas y bonobos, tendremos que admitir que ningún ser vivo conciudadano de viaje en nuestro planeta atenta contra el grupo en el que se encuentra. Siempre hará todo por el bienestar y la salvación del grupo, aún a costa de su propia existencia. ¿Y el ser humano? Pues NO. El hombre atenta contra el bienestar del grupo en el que se desarrolla: guerras, insolidaridad, odios, individualismo, rencor, intereses… ¡Atenta contra el grupo! ¿Cómo es posible si es tan inteligente? ¿Será por el motivo diferencial que le separa de los animales? ¿Es esta su singularidad específica frente a los animales?


   Pues SÍ. Debemos admitir que el elemento diferenciador entre el hombre y los animales es LA ESTUPIDEZ. La estupidez del ser humano es inconmensurable, inalcanzable por quienes saben y deben asociarse, ayudarse, sostenerse y vivir obteniendo una felicidad que es posible pero hay que ganarla. La estupidez del hombre aporta un grado de coacción al grupo que provoca estados sociales tan paupérrimos como las sociedades modernas actuales, sean cuales sean y se encuentren en cualquier lugar y rincón de este mundo nuestro donador de tantos medios satisfactorios.


   ¿En todas las sociedades que existen en la actualidad? Pues debemos estudiarlas y obtener la información adecuada de las sociedades tribales, maltratadas y soportando un continuo genocidio, que poseen la capacidad de defensa del grupo, de vivencia en grupo, de sociedad conformada para el bienestar del grupo. Los hombres que así conformasen la sociedad moderna serían hombres racionales y, afortunadamente, muy evolucionados, unos hombres que no permitirian que en el grupo existiesen iguales que generasen o permitiesen la estupidez.


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