lunes, 19 de junio de 2017

LA ORUGA DE LUCIÉRNAGA

SILENCIO ESTRIDENTE

Antonio Campillo Ruiz


   Un estridente chirrido de roce entre hierros, anuncia la llegada, por la desembocadura de lo insospechado, de aquella larva de luciérnaga con el nombre grabado en la parte superior de su cabeza. Ni la velocidad para horadar el negro camino que le tenían asignado ni su tamaño eran comparables a la de sus hermanas animales. Un sordo sonido, precedido de una vaharada de aire caliente, llega hasta los pacientes ciudadanos que esperan, en silencio, aquel tropel de sonidos inconexos y desagradables.


   El desinflar de aire a alta presión abre puertas por las que, presurosos, salen y se introducen en el convoy los pasajeros que buscan, con afán, un lugar donde ubicarse. Como un programado movimiento, las manos se dirigen a bolsos y bolsillos en busca del “aprovechador de tiempo” de turno. Libros clásicos de papel, electrónicos, móviles, tablet, salían presurosos y eran sostenidos por manos ávidas. Rostros serios, silenciosos, preocupados, cansados, inmersos en sus quehaceres comunicativos con todos excepto con su vecino de viaje, conforman un conjunto que, en el interior de la gran luciérnaga tubular, manifiestan su indiferencia y escuchan el silencio estridente, machacón, irritante.


   Al arrancar el invento que les haría alcanzar, en el mínimo tiempo posible, sus lugares de trabajo, ocio o residencia, el poder de la aceleración cimbrea cinturas y obliga a sujetarse en gruesas barras distribuidas al efecto por el interior de aquel largo gusano articulado. Manos y dedos se esfuerzan en sujetar y detener el movimiento que impulsa  letras y números, desde sus distractores preferidos, a un baile que entorpece su comprensión. A pesar de ello, sus miradas se empecinaban en seguir la trayectoria de los dispares movimientos generados por los traqueteos de curvas, tirones o frenadas. El silencio seguía siendo total entre los viajeros. Pareciese que todos escuchaban con atención la música atónica que entremezclaba sus frecuencias y falsas interpretaciones dependiendo del estado del camino y necesidades de la enorme oruga. No, no posee ninguna armonía ni su ritmo es fácil de seguir. Una claridad se apodera velozmente de la obscuridad persistente a través de las ventanillas acristaladas. Al detenerse aquel artefacto, se repiten las rápidas entradas y salidas de él.


   Siguiendo el camino de quienes lo han abandonado, pasillos adornados con fotografías, pretendidamente impactantes, altercados y discusiones igual de disonantes que el invento del que se sale, largos pasillos, sube y baja escaleras, laberintos horadados que tragan o expulsan a la silente multitud que avanza recta, monótonamente ordenada, hacia un nuevo sonido: gloooup, gloooup, gloooup, que anuncia la presencia de otro aparato que facilita el paso de los viajeros. La larga escalera mecánica avanza con cansancio hacia su fin sinfín mientras es cabalgada por todos sus ocupantes, que, en tétrico silencio, no deben realizar esfuerzo alguno para subir a un nivel más cercano al cambio de oruga o a la salida de aquella madriguera artificial.


   Indicaciones y, nuevamente, golpes secos de hierros esperan en unas portezuelas con un extraño diseño. No se escucha, entre las fuertes corrientes de aire, ni siquiera una voz, una tos, un carraspeo de garganta seca, sólo los golpes y golpes de las puertas de salida y entrada. Tras ellas, una escalera de granito, áspera para que cumpliese su función de ser antideslizante, espera a los raudos caminantes. Al ir saliendo, con la lentitud de una soledad acompañada, se escucha, cada vez con más intensidad, la música de un improvisado doncel que ha cambiado el canto a su amada por el dinero que le donan los viandantes, un murmullo de motores, ruedas sobre el asfalto, arrullo disonante y el silencio de paseantes o presurosas personas que deben seguir hacia un camino, trazado con la seguridad de lo cotidiano, que les conduce a su destino.


   Atrás queda aquel hoyo enorme, aquella entrada a un infierno pleno de luz artificial y de aparatos mecanizados que facilitan, según los usuarios, que el tiempo empleado en el traslado de un punto a otro de la ciudad sea el más corto posible, algo que a veces se consigue y otras no. Es preciso sentir el paso del tiempo en el interior del gusano metálico para determinar cuánto se ha leído, cuánto se ha jugado, cuánto se han estudiado, cuánto se ha dormido durante el trayecto, cuánto se ha percibido la soledad rodeado de personas iguales a uno mismo.




2 comentarios:

  1. Antonio, eres genial, esa interpretación del mundo del ruido en el que vivimos, tan impersonal, tan bello, tan difícil, tan cruel, tan necesario ... genial.
    Ah, ya tengo Guasap ... desde el mediodía de hoy jueves.
    Un abrazo, amigo y, ah, créetelo, sigues totalmente en forma

    ResponderEliminar
  2. que placer el volver a leerte
    bienvenido a la blogsfera muchacho

    ResponderEliminar